jueves, 25 de septiembre de 2014

ELEGÍA DE SER – Entre la vida y la Muerte-



Foto tomada de: http://incursionesteoricopracticas.blogspot.com/2012/01/la-muerte-es-necesaria.html
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Estoy fuera de mi cuerpo, como las plumas al viento que buscan el cenit sin tocarlo. No vislumbro el contacto de  mi arraigo terrenal, porque sólo floto en mi yo. He perdido el plantío, la tierra, con lo que parecía, con aquello que creía era lo más real. Hoy nada se me parece a lo que deseo que se parezca, todo es ajeno, raro. Por ahora, navego cargada de promesas por un mundo de  presencias ilusas, barruntadas en su mediocridad  y haciendo loas a la indigencia del alma.

Veo  todas las fantasías y  parecen estornudos demenciales expulsados al
azar en cualquier parte y  sin recato, Cierto es que,  no encuentro el principio o el fin o no sé si, ya llegué al final y, como todos los mortales, que se resisten a admitir que están muertos, no me creo muerta.

Es posible, que la siga aguardando en la esperanza de una vida eterna…
Mi incapacidad para ver lo qué es real y qué es lo que mi mente toma como tal, se ha vuelto crónica, enraizada, inamovible. En torno, a la verdad y la mentira, se ha forjado en una gran farsa o tal vez, para mi suerte, así es la verdad que busco sin reconocerla. Una gran ficción. Quizás fuese como ese río que pretendíamos era el mismo en el que nos bañamos siempre, hasta que un pensador "Loco" de la estatura de Heráclito,  facultado por las ciencias de las ciencias del saber, dijera que era otro el río. O cuando el mismo Gadamer se le ocurrió que a leer ya no somos los mismos, que sufrimos una metamorfosis en la conciencia del saber, porque somos influenciados por lo leído. Quién osaría a negarlo. 

Ahora bien, ¿Dónde estoy me pregunto a ratos? No me pregunto ¿Quién soy? Para no develar completamente, la supina ignorancia que acuso de mi ser  y aterrorizar a los que creyéndose sabios, no desnudan su ignorancia impunemente, so pena de ser castigados por el látigo de la inclemente censura. He tenido de ello severo aprendizaje pero arriesgo todo,

A mí nadie me contesta, ni yo misma podría hacerlo. Me siento lapidada por la barbarie, por los dogmas, por mandatos, por la ignorancia; la propia y la  ajena. Esa que se propaga como el virus más peligroso  y mortal. Me presumo atrapada y  sin salida, aunque conservo una pequeña vela y un cerillo con los que podría crear una gran fogata o simplemente, compartir con los fantasmas reacios,  que me rodean, la posibilidad de darnos luz y salir a desafiar a la oscuridad. Sé que algunos preferían, antes que la luz que encandila y enceguece, la gran quema al viejo estilo de Alejandría, para que no queden testimonios de que alguna vez hubo luz, hubo conocimiento...Es mejor yacer cómodamente en la ignorancia que desafiar la  furia de los dioses del poder terrenal.

¡Nada, ni nadie me puede contestar todo es humo, es decir, oscuridad!

Rondo, floto, vuelo y  habito en un mundo que de pronto se tornó extraño, desconocido, raro, fantasmal como los arrancados a un cuento de Poe,  de esos que me solían acompañar en las noches de lluvia, ventisca, relámpagos y de borrasca, cuando el terror a lo desconocido era  más obvio que los relatos de esta mente preclara, pero retorcida en la angustia  y en el rictus esquizo sublimado en el terror. Si hasta me parece escuchar a Alan Poe,  entre estruendosa carcajadas diciendo: Capitalizar el terror aleja al mío propio y me proporciona una forma de sumar espíritus atemorizados a mi causa.

En mi propio terror, voy,  vengo y regreso, medito en la quietud, intento no distraerme en pensamientos y, por largos ratos, me sumerjo en una “Nada” bulliciosa que no me deja en paz. En ese rato, intento emular al Siddhartha de Hesse, que anda caminando  los espacios infinitos más allá de la mente, con la promesa de ser iluminado, para la pervivencia infinita y la diosidad, esa que todo meditador consensuado y persuadido aspira lograr. Se me olvida a conveniencia, que todo tiene sus fórmulas, sus pasos y ser Bodhisattva, contempla el arte de: Ayunar, Reflexionar y Esperar. Dura tarea la de consagrarse en esa trilogía de deberes.

Sin llegar a ese infinito prometido, en el acto de una iluminación, que por desconocida, no sé si la he alcanzado o es simple ficción de las letras bien escritas con la intención de vender promesas, aún espero la mía y trabajo en ello. Quién quita que el esfuerzo perseverante me lleve a pisar los dinteles de la gloria, como dice una canción muy popular.  No obstante, lo confieso, a veces no espero nada. Y es cuando me doy cuenta que estoy acá con toda mi carga humana a cuesta, en este plano terrenal, hasta qué…el ¿Qué? es amplio y más desconocido que la misma muerte. Me abraza el desconsuelo y me resigno, a ratos, a sólo orar  y esperar que el Dios con el que vivo discutiendo, decida hacerse presente con el "Presente" que espero.

Otra veces, las más afortunadas, me refugio como Whitman en llamada libertad. Mi libre y loco albedrío, por una buena causa, por mi  libertad,  lo digo así,  para darme ánimos y sacar una bandera que sea aceptada por los otros, esos que me ven y  los que me juzgan sin compasión  y a voluntad. Es que algunos, al igual que yo, no entienden, lo que no es fácil de comprender: los misterios insondables de cabalgar desprovisto de sabiduría ante la  vida y la muerte.

En este momento, que me importa que me tilden de loca, si es el epíteto más común y facilista que conceden "los perdona vidas" esos que suelen darse a la tarea de etiquetar todo aquello que le les da miedo y que no pueden entender o explicar  y, menos aún, explicarse. Pero, tampoco me importa, porque en mi andar descubrí que no puedes andar en la vida desprovisto del mal, de esa conciencia capaz de reconocer el peligro, porque de ese ingrediente esencial se nutre él. Sólo el mal reconoce el mal cuando lo ve venir. Matar el mal es convertirte por tu "santa" voluntad en el "chivo expiatorio" de una humanidad que te acusará, por miedo y por maldad. Hasta el sacrifico te llevarían en nombre de la "Santa Cruz" o para evocar a Eco " En Nombre de la Rosa".

Son tantas  las veces, que he  estado en la encrucijada de ser o no  ser. Y,  allí, en ese instante, decido dar albergue a toda la locura que me embarga, para terminar dándome cuenta que, es justo, cuando me habita en su dimensión más alta la cordura, esa visitante deseada que equilibra mis andanzas por este mundo de orates en  remisión, de dementes revestidos con galas de juicio, cuando me siento más extraña y más yo. Y me convierto en un ser que aspira reconstrucción y renacimiento.  Creo que estoy prestada a este plano y, por eso, no encuentro mi lugar y, creo que, por ello,  todo me es desconocido,  insólito, pasajero, inconexo, ajeno  e inaudito. Estoy aprendiendo a conocer lo desconocido, no sin asombro, pero si con resignación y aceptación.

¡En mi presumida lucidez sospecho de todos y de todo y, más que todo, sospecho de mí misma!

Recordaba en este instante la infancia, que regalo de la historia es la infancia y sus recuerdos, me vi en la abundancia ”precaria” de la naturaleza, viviendo con lo más elemental, pero entendiendo la comunión con los seres vivos que te rodean, el río, los árboles, los pájaros, los animales domésticos y lo más “salvajes” la plaga, que es una fuente de aprendizaje de incalculable valor para la sobrevivencia. Por ejemplo,  cuando debes echar mano del fuego de leña para encender la bosta que te protegerá de los mosquitos y zancudos. Y cuando debes alumbrarte, si se puede, con la luz de una vela, y si eres afortunado, con la luna y con el sol la mayor parte de las veces.

Hoy comprendí en su valía, el por qué el Walden de Thoreau, tuvo razón de ser. También, entendí,  porqué la  capacidad de cuestionar y cuestionarte, te lleva inexorablemente, a enfrentar una realidad que crea tu mente racional, basada en la justicia de la naturaleza, que es la más sabía de las escuelas de la vida. En esa misma lógica de sentido, nace su otro de sus regalos a la civilización “La Desobediencia Civil” ejercitada por otros seguidores como bandera de lucha en el deber. En Thoreau podríamos decir que encontramos  la irreverencia de la razón dogmática, para reemplazarla por la razón del sentido común y de la naturaleza.

“La naturaleza es sabia” es un viejo dicho, del que no conozco paternidad, sin embargo, lo utilizo cómo ápice de la sabiduría popular. Con razón de las más altas Escuelas de la Sabiduría esotérica, la rusa-ucraniana Madame Blavatsky autora de varios libros, propuso como regla básica a sus discípulos, leer en el libro de la naturaleza, porque en ella, se encierran los misterios de la vida y la muerte. Por ello, admito que: erradicada la idea de la muerte como castigo inexorable, se acaba el  temido sufrimiento. Todos debemos morir y para ello nacemos.

El sufrimiento se instaura para tomar el espacio de las promesas de felicidad y sucumbimos ante sus encantos y es así, cómo me he entrampado en mi delirio casi celestial. Dios es  ese gran Señor que he creado, fuera de mí y, a veces dentro de mí, se hace chiquito, cuando veo que el  destino se viene en tropel hacia mi confusa identidad y mi expuesta humanidad y quedo desnuda en la intemperie, a su  merced,  lista para  ser sometida a los caprichos de la externalidad infernal o celestial y ya no distingo a cuál de los dos polos pertenezco.  Es  seguro que a los dos.

 Sólo lo pienso así, porque recuerdo las leyes de la naturaleza vació y lleno. La mente ociosa me lleva  a recordar a Heráclito y sus premisas temporales Estoy fuera de mi cuerpo, como las plumas que buscan el cenit sin tocarlo
No vislumbro el contacto de  mi arraigo terrenal, porque sólo floto en mi yo. He perdido el plantío, la tierra, con lo que parecía, con aquello que creía era lo más real. Hoy nada se me parece a lo que deseo que se parezca, todo es ajeno.

Por ahora, navego cargada de promesas por un mundo de  presencias ilusas, barruntadas en su mediocridad  y haciendo loas a la indigencia del alma.
Veo  todas las fantasías y parecen estornudos demenciales expulsados al
azar en cualquier parte y  sin recato, Cierto es que,  no encuentro el principio o el fin o no sé si, ya llegué al final y, como todos los mortales no me creo muerta.

Es posible, que la sigo aguardando en la esperanza de una vida eterna…
Mi incapacidad para ver lo qué es real y qué es lo que mi mente toma como tal, se ha vuelto crónica, enraizada, inamovible, se ha forjado en una gran mentira o tal vez, para mi suerte, así se la verdad que busco sin reconocerla.

¿Dónde estoy me pregunto a ratos? No me pregunto ¿Quién soy? Para no develar completamente, la supina ignorancia que acuso de mi ser  y aterrorizar a los creyéndose sabios, no desnudan su ignorancia impunemente, so pena de ser castigados por el látigo de la inclemente censura.

A mí nadie contesta, ni yo misma podría hacerlo. Me siento lapidada por la barbarie, por los dogmas, por mandatos, por la ignorancia; la propia y la  ajena. Esa que se propaga como el virus más peligroso  y mortal. Me presumo atrapada y  sin salida, aunque conservo una pequeña vela y un cerillo con los que podría crear un gran fuego o simplemente, compartir con los fantasmas reacios,  que me rodean, la posibilidad de darnos luz y salir a desafiar a la oscuridad

¡Nada, ni nadie me puede contestar todo es humo, es decir, oscuridad!

Rondo, floto, vuelo y  habito en un mundo que de pronto se tornó extraño, desconocido, raro, fantasmal como los arrancados a un cuento de Poe,  de esos que me solían acompañar en las noches de lluvia, ventisca, relámpagos y de borrasca, cuando el terror a lo desconocido era  más obvio que los relatos de esta mente preclara, pero retorcida en la angustia  y en el rictus esquizo sublimado en el terror. Si hasta me parece escuchar a Alan Poe,  entre estruendosa carcajadas diciendo: Capitalizar el terror aleja al mío propio y me proporciona una forma de sumar espíritus atemorizados a mi causa.

En mi propio terror, voy,  vengo y regreso, medito en la quietud, intento no distraerme en pensamientos y por largos ratos me sumerjo en una “Nada” bulliciosa que no me deja en paz. En ese rato, intento emular al Siddhartha de Hesse, que anda caminando  los espacios infinitos más allá de la mente, con la promesa de ser iluminado, para la pervivencia infinita y la diosidad, que todo meditador consensuado y persuadido aspira lograr. Se me olvida a conveniencia que todo tiene su formulas, sus pasos y ser Bodhisattva. contempla el arte de: Ayunar, Reflexionar y Esperar.

Sin llegar a ese infinito prometido, en el acto de una iluminación, que por desconocida, no sé si la he alcanzado o es simple ficción de las letras bien escritas con la intención de vender promesas, aún espero; No obstante, lo confieso, a veces no espero nada. Y es cuando me doy cuenta que estoy acá con toda mi carga humana a cuesta, en este plano terrenal, hasta qué…el ¿Qué? Es amplio y más desconocido que la misma muerte.

Otra veces, las más afortunadas, me refugio como Whitman en llamada libertad. Mi libre y loco albedrío, por una buena causa, por mi  libertad,  lo digo así,  para darme ánimos y sacar una bandera que sea aceptada por los otros que me ven y me juzgan sin compasión  y a voluntad. Es que algunos, al igual que yo, no entienden, lo que no es fácil de entender: los misterios insondables de cabalgar desprovisto de sabiduría ante la  vida y la muerte.

En este momento, que me importa que me tilden de loca, si es el Epíteto más común y facilista de los que suelen darse a la tarea de etiquetar todo aquello que le les da miedo y que no pueden entender o explicar  y, menos aún, explicarse.


Tantas veces, he  estado en la encrucijada de ser o no  ser. Y,  allí, en ese instante, decido dar albergue a toda la locura que me embarga, para terminar dándome cuenta que, es justo, cuando me habita en su dimensión más alta la cordura, esa visitante deseada que equilibra mis andanzas por este mundo de orates en  remisión, de dementes revestidos con galas de juicio, cuando me siento más extraña y más yo. Un ser que aspira construcción y renacimiento.  Creo que estoy prestada a este plano y por eso, no encuentro mi lugar y, creo que, por ello,  todo me es desconocido,  insólito, pasajero, inconexo, ajeno  e inaudito.

¡En mi presumida lucidez sospecho de todos y de todo y, más que todo, sospecho de mí misma!

Recordaba en este instante la infancia, que regalo de la historia es la infancia y sus recuerdos, me vi en la abundancia ”precaria” de la naturaleza, viviendo con lo más elemental, pero entendiendo la comunión con los seres vivos que te rodean, el río, los árboles, los pájaros, los animales domésticos y los más “salvajes” hasta la plaga es una fuente de aprendizaje, cuando debes echar mano del fuego de leña para encender la bosta que te protegerá de los mosquitos y zancudos. Alumbrarte, si se puede, con la luz de una vela, y si eres afortunado, con la luna y con el sol.

Hoy comprendí en su valía, el por qué el Walden de Thoreau, tuvo razón de ser. También, entendí,  porqué la  capacidad de cuestionar y cuestionarte, te lleva inexorablemente, a enfrentar una realidad que crea tu mente racional, basada en la justicia de la naturaleza, que es la más sabía de las escuelas de la vida. En esa misma lógica de sentido, nace su otro regalo a la civilización “La Desobediencia Civil” ejercitada por otros seguidores como bandera de lucha en el deber. En Thoreau podríamos decir que encontramos  la irreverencia de la razón dogmática, para reemplazarla por la razón del sentido común y de la naturaleza.

“La naturaleza es sabia” es un viejo dicho, del que no conozco paternidad, sin embargo, lo utilizo cómo ápice de la sabiduría popular. Con razón de las más altas Escuelas de la Sabiduría esotérica la rusa-ucraniana Madame Blavatsky autora de varios libros, propuso como regla básica a sus discípulos, leer en el libro de la naturaleza, porque en ella, se encierra el misterio de la vida y la muerte. Erradicada la idea de la muerte como castigo inexorable, se acaba el  temido sufrimiento.

El sufrimiento se instaura para tomar el espacio de las promesas de felicidad y sucumbo ante sus encantos y es así que me entrampo en mi delirio casi celestial. Dios es  ese gran señor que he creado, fuera de mí y a veces,   se hace chiquito, cuando veo que el  destino se viene en tropel hacia mi confusa identidad y mi indemne humanidad y quedo expuesta a la intemperie, a su  merced  lista para ser sometida a los caprichos de la externalidad infernal o celestial y ya no distingo a cuál de los dos polos pertenezco, es  seguro que a los dos.

Mujer profana me dicen los que no entienden que también están contaminados por el mal. Celestial dicen los otros, los que  me aman y quieren presionarme para salvar sus propias almas de mi difusa cercanía con los temas prohibidos. Siniestra condición la mía, que convivo en el acá y en el allá, como una mortal ordinaria cualquiera. Pero, facultada para ver los fantasmas propios y ajenos pasando de lado o caminar junto a mi o haciéndose unos con esos otros, que caminan sin darse cuenta de las sombras que los acompañan.

Triste peregrinaje de aquellos que como yo, se atreven  a gritar  a la ignorancia del ser. Somos las presas propiciatorias de los cazadores de brujas, que como  aquellos inquisidores del medioevo, buscan justificar mediante la limpieza de “lo vil”, su estancia en esta vida y erigirse en salvadores y exorcistas del mal. De un mal que, sólo ven sus ojos en los otros. Pobres censores, triste tarea les toca, por que olvidan que  los ojos que ven el mal, son justamente, los ojos maliciosos, malvados y pecadores.

Mal cotidiano el de las almas que al mirarse a sí mismas, sólo ven demonios reflejados en el espejo de su propia consciencia. Son los  espejos que les ha dado esta existencia para mirar sus cuerpos y sus almas. Estos seres, al mirarse fijamente,  huyen despavoridos buscando al hechicero que retorne la santidad que presumían poseer.

Nunca se dieron cuenta, ilusos, que el mal es amigo del bien, que son inseparables y  que se turnan en la rueda de la vida, para no embriagarse en un sólo licor demencial. El mal del que se huye, es como esa sombra que te acompaña desde que eres y no la puedes matar, cuando la mates habrás muerto con ella. No hay más allá, sin más acá,  El más allá se conquista en el más acá. La lucha es en soledad, contigo y tus demonios. No es una batalla para vencerlos, matarlos  o erradicarlos, es para hacerlos tus amigos, para convivir con ellos en armonía. Es para posesionarte del todo que eres. De hecho, en esencia eres bien y mal y con ello, en aceptación, será más fácil la vida terrenal.

“EN ESTE MOMENTO, RESPIRO Y ME DEBATO ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE, LO SÉ, QUE HE NACIDO Y HE DE MORIR”

Autora: Raiza N. Jiménez


                                                                     
                                                          Marcha fúnebre de Chopin

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