jueves, 6 de abril de 2017

A PROPÓSITO DEL DESENCUENTRO FRATERNAL Y EXISTENCIAL DE LOS VENEZOLANOS EN LA VENEZUELA DE HOY.



“…Cada hombre es un universo
para sí mismo y es sólo
su propia finalidad.”
Erich Fromm.

Estuve revisando mis apuntes y, nuevamente, me tropecé con algo que llamó mi atención. Ese algo se refiere a un viejo, pero interesante tema que, aún conserva su vigencia, en especial, cuando se lo analiza a la luz de todo el cisma que está teniendo lugar en Venezuela. Situación que me atrevo a tipificar de crítica, es sus aspectos multidimensionales y, entre los cuales,  asumiré, para desarrollar este trabajo, la tesis del desencuentro fraternal inducido, con fines inconfesables, pero con gran tino por parte de las facciones del poder establecido. Es de hacer notar que tal fenómeno -lucha entre hermanos- ya tiene casi dos décadas de desenlace. El tiempo que lleva el gobierno del  Teniente Coronel Hugo Chávez Frías y Nicolás Maduro Moros, respectivamente. Ambos, han manipulado y utilizado como maniobra la aplicación de un maniqueísmo vulgar, que llevado al extremo, les ha dado buenos resultados, por ahora, en manos de aquellos que intentan fomentar y radicalizar la enemistad entre hermanos de suelo y hasta de sangre. Para colocarlos como tontos útiles en los extremos de una realidad insufrible, con el título de: relación irreconciliable. Y con la revitalización de la vieja consigna que reza: “Divide y vencerás”.  

Esta delicada situación, se relaciona con el acto de apropiarse de la voluntad del otro. Todo ello, enmarcado en el accionar que tienen los guiones de las dictaduras y gobiernos fascistas, que pensamos, se habían extinguido del planeta, pero no es así. Los aspirantes al poder, se visten de demócratas y acuden a elecciones  con un tinte democrático y una vez juramentados para asumir sus respectivos cargos,  juran y perjuran respetar las convenciones  internacionales y nacionales. No obstante,  una vez que asumen sus perentorios mandatos, con el compromiso  de respetar, en todas sus partes, los derechos humanos de los ciudadanos a su amparo. Se les olvida o echan al cesto de la basura, la obligación que detentan mediante la palabra empeñada y el compromiso legal que tienen con todos los ciudadanos y las instancias garante de la libertad en el mundo. Y es que los mandatarios, no son para mandar solamente, ellos deben de “deber”, respetar las convenciones suscritas por el país que lideran.   
Aclaro esto, despojándome de la acostumbrada ingenuidad,  y con ánimos de refrescar lo que, para el universo entero significó el Juicio de Núremberg. Pensé que, saber, conocer y vivir -lo que fue la Segunda Guerra Mundial- podría demarcar claramente los derroteros de una  humanidad más humana y que las penalizaciones - algunas de muerte- en contra de los criminales de guerra, se habían aprendido como sucesos ejemplarizantes. Esperaba, así mismo, como creo esperan todos los ciudadanos que, se respeten las leyes que protegen la integridad de los seres humanos y más aún, sus vidas. 

Pues bien, al parecer, algunos mandatarios aún no han aprendido la lección de horror que dejó el Holocausto, promovido por Hitler y los otros dictadores del momento. Sin embargo, la ignorancia expuesta, no es en ningún caso, excusa para las faltas cometidas y menos, para un delito irreparable como lo es el de dar muerte o incitarla en contra de sus congéneres. Hay delitos que no prescriben y, este es uno, el más grave e irremediable, por cierto.

Con esto aclarado,  vuelvo al hecho que me ocupará: Venezuela: y la dramática situación,  entorno  a la violación reiterativa de todos los derechos humanos de sus ciudadanos. Por lo cual,  he decidido, en esta exposición, abordar la violación de estos derechos fundamentales, mediante la figura de dos elementos cruciales presentes en los proceso de esclavización de la voluntad de los ciudadanos. En este caso, en particular,  abordaré este delicado tema, tomando como eje fundamental el esclarecimiento de los roles o papeles que asumen los individuos en la dura tarea de vivir y de habitar en este suelo llamado Venezuela.

Comenzaré por precisar el análisis de los roles de la dupla dominador-dominado y, también, por definir los roles de  la víctima y el victimario que, se asumen como parte de la dinámica social, emocional y política del país. 

He de señalar que en esta estructura sociopolítica veenzolana, las presiones venidas desde las fuentes del poder, surgen mediante imágenes, consignas, emblemas, frases hechas, asociaciones épicas, ritos, símbolos, promesas y grandes amenazas que, llevan implícita la acción mediante dádivas, sacrificios y  chantajes que, encubren o solapan una dinámica de fuerza ejercida, desde los más altos niveles de gobierno, utilizando como brazo ejecutor de tales fechorías: a las Fuerzas Armadas, cuerpos policiales, colectivos armados con el propósito de atacar a la oposición, constituida por venezolanos de a pie y conculcarles todos los derechos constitucionales que les otorga la Carta Magna.

En tal sentido, estos ejecutores de delitos, algunos de lesa humanidad, son incondicionales al gobierno- son el gobierno-  y cometen sus agresiones, a pleno día y frente a los cuerpos de seguridad, sin un ápice de pudor, ni ningún tipo de restricción ejemplarizante, por parte de los organismos, cuyo deber, es el de proteger y frenar cualquier manifestación o acción que ponga en peligro la vida de un venezolano. Estos comportamientos  y acciones delincuenciales han ido en aumento bajo la figura permisiva de la plena impunidad.

Por ello, cada vez son más comprometidas y graves las agresiones que se ciernen  sobre la humanidad indefensa de los ciudadanos y parlamentarios, que sufren agresiones y atentados a su vida, frente al poder gubernamental que se hace la vista gorda, ante los ataques de estos hombres y mujeres, convertidos en maquinarias de guerra, que ejercen un poder bélico, sobre los ciudadanos desarmados  y expuestos. Ciudadanos estos, que sólo pretenden de manera cívica y libre, con la potestad y el derecho que los asiste, hacer valer los mismos y  alzar su voz de protesta ante las recurrentes violaciones del Estado, representado por el Presidente y sus colaboradores.

Se intenta de esta manera, doblegar a los ciudadanos y cercenar su libertad de expresión, ante situaciones irregulares que lo afectan directamente. Todo ello, mediante el despliegue de sanciones que implican castigos físicos, torturas, presidio, expulsión, ostracismo, desapariciones forzadas y, hasta la muerte.

Hay que hacer notar, que muchos de estos procedimientos, están prohibidos internacional y localmente, por los instrumentos legales que rigen la vida, los derechos y deberes de los ciudadanos de una nación. Es, así que, la censura previa y el castigo corporal mediante ataques físicos y morales, están considerados métodos abominables y se convierten en una flagrante violación de los derechos humanos de los ciudadanos comunes. Sin embargo, habida cuenta que esto ocurre a pleno día y sin restricciones, cabe señalar que, entendemos la intención de todas estas malvadas acciones y sabemos que llevan el sello implícito del ataque con el fin de lograr la dominación y aniquilación del otro, del llamado opositor.

¿Por qué? Porque, se espera, de esta manera, que el opositor  se doblegue y renuncie a sus derechos ciudadanos y, de esa abyecta forma, podrá acceder a la obtención de un bien o servicio, que luce justificable, sobre todo en los labios del manipulador de turno. Este proceso de domesticación y vasallaje, es muy simple y complejo a la vez,  porque se manipula a la persona, siempre en nombre de algo o alguien, cuyos atributos lo hacen merecedor del premio, la fidelidad, la entrega, el sacrificio y, llegado el momento, puede acabar hasta con la vida del servil y/o doblegado en contra de su voluntad.

En este caso, el venezolano, el hombre nuevo, ese que ha sido ungido con una especie de betún rojo que tiñe de uniformidad, no sólo sus ropas, sino también su racionalidad, convirtiéndole en títere de una clase que, en ocasiones, viste costosísimas prendas de color rojo, pero de las más selectas marcas; suele pensar que será igual al que lo pervierte y lo desaloja de su realidad, haciéndole creer que “rojos somos todos”. Ese “todos”, por supuesto, es una frase hueca que sólo se llena, cuando se necesitan cuerpos vestidos de rojo, que harán crecer la masa y se sumarán a las marchas o manifestaciones  que ordene el amo, el Jefe Providencial, para poner de relieve su grandilocuencia y darse el lujo de mirar desde su altura, a la masa amorfa vestida con su color favorito.

Este nuevo hombre, destinado a pertenecer a un novedoso ejército de hombres, especies de zombi caribeños, por lo regular está conformado, por gente de poca formación académica o proviene de un bajo estatus social, asunto que puede ser superado bajo la  promesa de obtener los beneficios monetarios o de valor de cambio, siempre y cuando estén incondicionalmente, al servicio del amo.  O, en su defecto, bajo el reclutamiento partidista o interesado de personas con buena formación académica, pero que, tienen precio, son tarifados y sólo les interesa el ¿Cuánto hay pa’eso? 

Pensamos, que es una de las causas, para qué, algunos ciudadanos agarrados en su buena fe, sean utilizados, como tontos útiles, para los fines más abyectos en contra de sus hermanos, otros venezolanos, de diferente pensar y actuar.

En estos tiempos, hemos visto con estupor, cómo  se  los califica y cualifica mediante designaciones, ad hoc,  para  ser convertidos en milicos- que  tendrá como finalidad excelsa el  exterminio de los escuálidos, término con que se define hoy, peyorativamente a la mayoría de los venezolanos, que provenientes de una larga trayectoria democrática, son  conocedores, por práctica y asunción, de sus derechos republicanos, de los contenidos jurídico y legales que los amparan, tal como están establecidos en la Carta Magna o Constitución Nacional y, que no conciben, convivir en un régimen que ha trastocado el orden constitucional, para hacerse un traje a la medida.

Pero, además, tienen que enfrentarse a estos personeros tarifados y sugestionados, llamados los soldados de la revolución armada, en una lucha desigual, con el fin principista de lograr la reconquista de los derechos conculcados,  por el gobierno de turno. En efecto, los llamados escuálidos, no son otros que la población mayoritaria de ciudadanos de este país, hoy, convertidos, por mandato presidencial, y,  por sus expresiones discriminantes, públicas y notorias, en presas de caza y carne de cañón, en las manos del Ejercito de la República y los hombres nuevos, al servicio del gobierno, similares a los soldados de la Rusia comunista y a los escuadrones de muerte fundados en la dictadora hitleriana, para perseguir y confinar a la esclavitud a los judíos y, a cualquier otro ser que estorbara a sus fines mesiánicos.  

Pues bien, los hermanos rojos, han sido influenciados mediante un discurso reiterativo e irreconciliable de odio y venganza, hacia otros venezolanos, que tienen derechos de origen que los califica, para compartir y permanecer en esta tierra.

 Estos “soldados” de la Revolución, se han convertidos en arietes del régimen de turno, entienden y asumen que, van a herir, desprestigiar, atacar, robar y hasta matar a sus hermanos,  pero, en su defecto, van a defender a la patria que, como símbolo difuso, han integrado sin conocer el sentido real que, en este contexto, encierra este concepto de “Patria”. Y que, a mi sano entender,  no es otro que la personificación de un sujeto de carne y hueso que, perentoriamente, funge como presidente del país y ante sus colaboradores se asume a sí mismo, como la PATRIA. Una patria amenazada, por subversivos escuálidos y necesitada de una guardia pretoriana, cuyo deber es preservar el cargo y la integridad del mandatario.

Es decir, todo un séquito de revoltosos, para cuidar a un personaje narcisista y excéntrico, que su afán inconsciente, quizás,  de superar- con un plumazo-  al menos, por decreto las notables limitaciones personales y de formación académica y experiencial- que lo definen, por lo que realmente es-  emula a los romanos en sus dos personajes más caóticos: Nerón y  Claudio,  creando una ola de represión con el objeto de imponer a la fuerza su presencia y mandato. Para lo cual torpedea, mediante el secuestro de los organismos electorales, que deberían estar al servicio de todos los venezolanos,  cualquier posibilidad de que los ciudadanos, en pleno derecho y cabal uso de sus facultades se expresen,   y decidan-  más allá, del circo romano que montan, cada vez que se intenta dirimir de manera legal, la posibilidad de elegir democráticamente a sus representantes- si lo aceptan, lo quieren o no. Por aquello de: "Omnis auctoritas populo est".

Ahora bien, siguiendo con la transformación de los incondicionales y  la gran misión patriótica, pareciera loable, abonar en ellos, el sentimiento de preservación de la “nueva” Patria. Pero, el idilio se derrumba cuando vemos, que todo gira en torno a preservar el poder, por el poder. Al caerse la máscara, se  dejan ver las costuras y, aquella Patria, por la cual deberían los “hombres nuevos” luchar y servir hasta la muerte, puede ser sustituida y, en realidad lo es, por cualquier otro aspecto de envergadura, que se vincule a cuestiones de antivalor como: dinero, armas, drogas, guisos, asesinatos, peajes secuestros, sacrificio y heroicidad ficticia, que sirva como símbolo para engrandecer y atornillar al hombre -amo- trasformado en ser intocable y todopoderoso, dueño y superhombre irremplazable, que determinará cuál será el verdadero status de sus seguidores y opositores.

Esto es así, porque él, ahora, es la voz de Dios, es el que habla en nombre de todos y todas.  Y, desde allí, entonces, el hombre nuevo actuará y dirá todo aquello  que, a juicio y discreción de su inductor o iniciador, sea lo indicado. El nombre de la cruzada o hazaña, ha de ser algo capitalizable, que sea de ejemplarizante apariencia, contagioso y que no exija compromisos, por parte del demandante, todopoderoso y merecedor de lo  que promueve. Por ejemplo, en nombre de: mi “presidente comandante”, la patria, se ha de: luchar contra los enemigos, luchar contra el bloqueo internacional, vencer o morir, vencer al Imperio, sacrificarse en nombre del progreso futuro, en fin, luchar hasta la muerte, por obtener algo supuestamente valioso, no obstante,  difuso, que no se tiene ni se sabe cómo es o será. Una quimera, sólo posible, en el verbo del sugestionador de oficio.

De hecho, este trastorno de despersonalización, se caracteriza porque el sujeto se desconoce a sí mismo, en un extrañamiento que lo insta a asumir la voz y el mandato de quien lo representa, en este caso, la voz del amo. Sin embargo, es importante explicar que, para tal fin, es necesario realizar un anclaje, mediante la introducción  de un elemento  simbólico o emblemático, para que se promueva y vehiculice, una sumisión simbiótica, la cual no sería posible, sin la promesa o sin la esperanza de que ese algo esperado, va a ocurrir de la manos del Mesías de turno.

En el caso, que nos ocupa, podríamos señalar que, es necesario que el llamado pueblo, se funda, se haga uno, con la figura de autoridad, es decir, con el Señor Presidente. De esa manera, él, que funge, además, como Salvador o Líder, logra neutralizar la voluntad del sujeto que ha sido seducido y sometido, para ponerlo al servicio de intereses, que en un primer momento, le parecerán suyos, pero que no lo son y, ni siquiera sabe, de qué va el cuento. Esto es lo que se denomina subordinación simbiótica, que a la larga degenerará en el Síndrome de Estocolmo, donde la víctima se identifica simbióticamente, con su victimario o agresor.

Ahora bien, esta rendición sorprendente, basada en la coerción y/o endulzamiento, se da mediante el engaño o cualquier método de seducción o manejo con fines poco altruistas. Muy alejados del libre desempeño o desarrollo autonómico de los individuos y confluye en el sometimiento, aparentemente consensuado, sin serlo, de ese otro que llamaremos, por el momento, víctima. Acá, en este proceso,  se cumple lo establecido, por el Triángulo Dramático desarrollado por Steve Karpman, muy apropiado para analizar el dinamismo interno de las relaciones funcionales y disfuncionales, que intentamos explicar.

Este modelo se cimienta en tres patrones de comportamiento interrelacionados y son: Víctima, Victimario y Perseguidor. En el caso, que nos ocupa, el perseguidor y el victimario, van a estar representado por el que somete, quien a su vez persigue y domina. Y la víctima, por supuesto, por el sujeto sujetado o sometido.  

El sometido, también llamado víctima propiciatoria, en su enajenación, muchas veces, no sabe cómo llegó, dónde está y tampoco, cómo puede salir del triángulo emocional en el que está sumergido, mucho menos, tiene idea de lo que significa la ruptura con su cancerbero y, a la hora de tomar una decisión adecuada, oportuna y  voluntaria, le será difícil asumir responsabilidad por sus actos, sin esperar que la mano del amo, con fines salvadores, se extienda hacia él. Es de hacer notar, que la ruptura con ese personaje que domina su vida efectiva o simbólicamente, puede degenerar en una verdadera crisis existencial a causa de un duelo, de dimensiones desconocidas. En muchos casos, los seguidores se han inmolado para seguir a su líder, mostrando cuadros severos de depresión, tristeza, despecho, dolor, en fin, viven su pérdida de manera dramática y real.  

Y es preciso entender, que estamos hablando de un individuo cuyo poder de decisión y de vida están sujetas a las demandas y caprichos de otro, que es su “Todo”, irremplazable en su mente y en su alma. Hubo un proceso de enamoramiento y seducción y este hecho, cobrará con sentimientos cualquier alteración en la relación de amor extremo.

Pero. La realidad es otra para el que promueve la sumisión y esclaviza. Él es consumidor, que da con reservas lo que sobra.  Por consiguiente, es de esperar que sólo un desenlace fortuito, es decir, un golpe de suerte, puede cambiar la relación de poder- sumisión. En pocos caso, el sumiso, drogado y adicto, apegado a su benefactor, se encuentra con otras relaciones espejo, y, podría cambiar despertando de su  hechizo o letargo y cuando lo logra -si lo hace- conocerá, por sus sentimientos y efectos, a saber: miseria, desamparo, extrañamiento, ansiedad, tristeza, marginalidad y, otros males, que algo no estuvo bien y sí muy mal.

En estos casos, no podemos anticipar cuál síndrome exhibirá, pero de seguro necesitará ayuda conducida para superar el trauma de abandono y engaño del cual fue víctima. Es lo que se llamará simbiosis sado-masoquista. Esta emerge de la manera más abrupta, y el individuo siente que ha sido drogado, influenciado, instigado, engañado, manipulado, estafado, mediante una jerga, un ropaje cuyo color tampoco escogió, unos símbolos desconocidos, unos compromisos existenciales y unas necesidades que no son suyas, es más, no sabe cómo y para qué, las heredó.

En fin, el sujeto objeto de tal atrocidad, se encontrará con una serie de convenciones, sacadas de la manga por el Mago de turno y puestas en marcha por los sirvientes de utilerías -otros sometidos- que son investidos de autoridad, para obedecer y accionar las órdenes del Amo. Estos sirvientes del poder, hinchados por el dominio transferido, logran, algunas veces, con efectividad, llevar a las masas hasta las más exuberantes y excéntricas manifestaciones de histeria colectiva. La histeria que deviene como resultado de la manipulación de las muchedumbres insatisfechas, que presas en sus desgracias, ven en estos ungidos, esos que manejan con tono efectista el dogma patriotero instaurado por el nuevo Dios, la oportunidad de dar cauce a la inconformidad y frustración que los embarga. De suerte que, la trilogía de la dominación se consolida en sus roles: Dominador, Emisario y Dominado, o en su defecto, Victimario, Víctima y Perseguidor


Ahora bien, no obstante, a que esta ecuación es, en apariencia sencilla, no lo es para nada. De hecho, el proceso es muy intrincado, sobre todo cuando se trata de problemas humanos. Y, es que no toda la masa entra en el juego de la dominación con la misma sumisión y convencimiento. Pasado el encanto, los otrora convencidos empiezan a desplazarse, algunos cautelosamente, otros de manera explícita y escandalosa, poniendo al descubierto que “El Rey está desnudo”.

De hecho, algunos, que se creen más afortunados, nunca aceptaron la magia y, mucho menos, al Mago, sin embargo, no están exentos de responsabilidad por la debacle que está teniendo lugar, sin su aparente presencia. Otros, los más afectados psíquicamente, se quedan en una especie de autismo providencial, esperando que lo prometido por el Dios de turno se cumpla, bien sea, cuando se desocupe, se entere o le dé la gana. En ese grupo se encuentran algunos que se tiraron en la aventura sin más nada que su deseo de jugar al azar. Total si sale bien sale ganando y si no, no pierde nada. Algunos, presas de la confusión y el miedo, se hacen invisibles en su reclusión elegida. También, y son los menos, hay algunos que se quedan para recoger las migas del botín, dejadas por los amos de la francachela, quienes prestos y ligeros ya se habrán garantizado un exilio de Reyes en la Isla de la Fantasía. Por cierto, nunca en la Isla de la Felicidad.

Al llegar a este punto, estaría bien insistir en el hecho de que la tragedia que se presenta, para la gran masa, la de los incluidos y los autoexcluidos, es que todos son afectados y sufren las consecuencias que se desprenden de los desvarío del Poder.

De hecho,  aunque los esfuerzos de aquellos entronizados que utilizan la máxima de: divide y vencerás, tengan algún tipo de éxito en esta práctica, es el trabajo mancomunado de los unos y los otros -castigadores y castigados- los que logrará instaurar el orden y la sanidad en  este tipo de sociedades que, se han enfermado en sus intentos de desconocer al Otro, que al final, es su par y sin el cual, la comunidad no podría garantizar una supervivencia sana.

Por consiguiente, en mi opinión, para lograr la sanación, Reintegración, es la palabra mágica. Tal aseveración, cobra sentido si reconocemos que las sociedades que avanzan deben  primero solucionar sus tragedias mediante las activaciones de esas acciones comunes que los motiven a unirse. Es de hacer notar, además,  que,  lo no resuelto resurgirá cada vez con más fuerza en busca de resolución, como un reclamo de sana acción. Este ciclo se produce inexorablemente, tanto a nivel de lo personal, en lo grupal y societal.

En este contexto, llamo la atención, ante tanta repetición nueva de problemas viejos, y es que,  no salgo de mi asombro, porque aunque el tiempo pasa inexorable, lo no resuelto, sigue clamando solución inmediata. Y sí se sigue desconociendo esta constante,  la situación se agravará con pronósticos reservados, y estaremos condenados, como Sísifo, a seguir navegando en el mismo charco.

Como estudiosa de la Gestalt y el Psicoanálisis comprendo este proceso, ya que uno de los principios de este modelo terapéutico señala que: toda Gestalt abierta, entiéndase como: problema, asunto, situación que no ha sido resuelto oportunamente, lucha por cerrarse y, cuando no lo logra o no lo hace adecuadamente, afloran de nuevo todos los síntomas que concurrieron antes, con mayor intensidad y menor resistencia emocional y acentuación en las áreas físico y corporal. Esto es como las gripes mal curadas que se vuelven más resistentes a la cura. Y hay que buscar nuevos formar de intervenir los viejos males. Todo lo cual, nos lleva a apelar a la sanación mediante metodologías de intervención psicológica o psiquiátrica, tendiente a buscar las razones y la sanación de los procesos antes citados, tanto a nivel grupal como individual.

Introduzco este aspecto porque he venido siguiendo toda la discusión que se está dando en Venezuela, o el Expaís,  como acertadamente lo titula el profesor Agustín Blanco Muñoz, para referirse en contraposición, a la Venezuela de hoy y la Venezuela de casi 18 años atrás.

La discusión se centra en el mal uso de los recursos del país y el despilfarro de los dineros y el poco control en la administración de los mismos. Podemos poner como ejemplo, lo que se llamó El caso “Pudreval”, donde se comprobó la pérdida de toneladas de comida, por efecto de putrefacción, lo que acusa descuido, negligencia e irresponsabilidad  de los organismos competentes. En este, como en otros casos, no hubo responsables.

Ciertamente, el orden trastocado en el que vivimos, se ve reflejado en las reiteradas protestas de las Universidades, médicos, periodistas, empresarios, enfermos, pensionados, enfermeras, maestros, empleados y, todos aquellos que, se sienten desatendidos y estafados en sus derechos ciudadanos.

Hoy la crisis se ha agudizado, por la falta de medicinas, alimentos, servicios médicos hospitalarios, inseguridad, educación, prestación de servicios como: telefonía, luz, agua, insuficiencia y mal estado del transporte público, abuso de poder, asesinatos y secuestros exprés, la pésima situación de las cárceles, de los hospitales  y las escuelas; la inadecuada administración  del  sistema de justicia, que incluye la reiterativa violación de las leyes de la república.  En fin, la lista es interminable y tendríamos que declarar la presencia de un caos provocado que amerita la reconstrucción integral del país. 

 Lo paradójico es que, toda esta infructuosa batalla- para estar a tono con el nuevo léxico del siglo XXI- se está dando en un clima de rivalidad ciudadana, donde los afectos al régimen atacan e impiden de manera bárbara la libre expresión de los venezolanos- simulando muchas veces, trincheras de guerra-  que cercenan las justas pretensiones de aquellos que reclaman los derechos constitucionales que les son propios, convirtiendo así, a una justa demanda en una lucha de clase o de toldas o de los buenos, los que han declinados sus derechos con la esperanza de que Dios los vea y se apiade de ellos, y, de unos otros, los malos: aquellos que crecieron degustando la democracia y la participación y conocen sus derechos y reclaman el uso y disfrute de ellos.

Toda esta diatriba, me parece la repetición de una problemática irresuelta que se ha agravado llevando a las partes al desespero ansioso que insta a resolver cualquier situación vista como adversa, en la inmediatez. Lo peor es que, tal fenómeno está motivado por un desencuentro que anula la posibilidad de una negociación racional, una que surja como resultado de la discusión de los pares. En fin,  lo que estamos presenciando es una anomia que está estacionada en medio de un forcejeo que raya en la estupidez y la locura y, que, nos puede llevar al exterminio, de los unos a los otros, mediante una guerra fratricida y sin sentido humano.

Corolario:

La libertad y la autonomía son el resultado del proceso de haber afirmado la individualidad, a partir de la relación con los otros. Sin el otro se hace cuesta abajo, un yo fortalecido.

Raiza N. Jiménez/ 5/4/2017


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